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Primavera

Por Eloy Marquez

Caen las pieles desvencijadas.

Y carne y corazón toman del Sol lo que estos necesitan, y son tomados,

a la vez sin medida,

por los hombres que precisan de aliento,

por seres que anhelan sensualidad.

Es justo, es imparcial, es real.

Somos el impacto con el que Dios se vive mortal al gozarnos terrenos.

 

Nada le impide al día su ciclo, su vivir.

Crear con cada ápice, con cada molécula sublunar.

Soy la miel, el panal, y la flor para ser libada por las abejas,

bellas en su inocente volar,

plenas en su zumbar honorable.

 

Cae el peso, y las alas se sacuden,

desperezadas, re-encumbrando al alto azul que gravita

sobre nuestras crines ardientes.

El oro llueve, y me embebo de su amarillo, de su plétora carmesí.

El postrer sentido pudo revelarse con prontitud.

Nosotros, los prontos, los amantes de las irradiaciones:

soñamos con un abismo cálido en el cual flotar sin caer…,

sin caída, maniobraremos en la cornisa,

justo a tiempo, justo en el tiempo en el que las campanas

tañen anunciando la celebración.

Tiempo justo para la celebración.

Tiempo de piadosa primavera.

 

Déjanos descansar, déjanos todo hacer, déjanos obrar.

 

La gota vertida en el campo, si su natural poder nos consiente,

religará la idea con la materia, y entonces el espíritu,

presto desde el primer día,

acogerá, como un iluminado agorero,

el adviento de todo lo que alguna vez fue ofrendado con ilusión.

 

Corazones, no teman, prestemos vigilancia y anuencia

para que la flecha ya disparada funde en la cuerda

la más sutil de las vibraciones,

la más alta de las músicas.

 

Y cantemos, alegres tras el otoño, a la épica ya traída en los vientres de las gotas que nos bañan.