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Blancos

Por Roberto Borello              rjborello@gmail.com 

Cada vez que la pava silbaba en la desvencijada cocina, el niño sabía que había que saltar de la cama para iniciar el día; la abuela Uva gritaba desde el patio para que se levantara porque iba a llegar tarde al colegio y que se pusiera el delantal sin ensuciarse. Todas las noches lavaba el guardapolvo, para al alba levantarse, secarlo, plancharlo y dejarlo impecable. Ese uniforme blanco es el símbolo de la educación, decía.
Sandrito se levantaba a regañadientes, se calzaba la crocks con medias, cargaba la palangana y se lavaba las “partes” como decía la abuela Uva, la cara y los dientes, se sentaba en la mesa con la cara arrugada de sueño todavía, bebía de a sorbitos el mate cocido y ahí se daba cuenta que empezaba la pesadilla.
Algunos niños le temen a la oscuridad, otros a los insectos, otros se asustan con fantasmas, pero Sandro le tenía pánico al Chicha, un jujeño que había llegado al barrio antes de que él fuera dejado por su madre en la casa de su abuela, 2 meses después de su primer llanto en este mundo
El Chicha dicen que debe su apodo a que pega fuerte como la bebida de su tierra y te tumba al toque. Maneja “los negocios” en el oeste, eso dicen sus tías. Sandro pasaba todos los días por el bunker donde era custodiado por un par de soldaditos, apenas unos años mayores que él. Cada vez que cruzaba por enfrente, los pibes le chiflaban, lo llamaban y a veces le tiraban piedras.
Una vez cuando la abuela Uva se descompuso y la tuvieron que llevar al hospital y nadie lo fue a buscar al colegio, se volvió caminando solito y el Chicha que estaba fumando en la puerta del rancho, le chistó. Sandrito se paralizó de miedo, le pidió que llevara un paquete hasta lo del gordo Julio y que volviera; del susto, salió corriendo lo dejó en la puerta del club donde el gordo practicaba boxeo y se volvió volando a su casa.
Pero no era todo tan malo en el camino a la escuela ya que al llegar lo esperaba su persona preferida en el mundo, la Señorita Cecilia, un ángel vestida de blanco, con perfume de caramelo y una sonrisa que iluminaba el salón. Sandro todo los días le mostraba su cuaderno y ella lo llenaba de sellos multicolores. Era adictivo oírla hablar de las fracciones, o escuchar su voz leyendo los cuentos de la selva. Cuando la seño preguntó que querían ser de grande, Sandro hizo un dibujo de un hospital y una cruz roja enorme; su sueño era ser médico para curar a todos los enfermos, especialmente a su abuela a la que siempre le dolía algo.
Una mañana de camino a la escuela, el chico venía distraído y cuando escuchó el chistido se quedó tieso. El Chicha se le acerco a paso lento, le entregó una bolsa y le dijo con voz ronca y sin mirarlo, que la llevara a la estación y lo dejara en el último banco, después siguió caminando.
Cuando llegó al colegio estaba colorado, agitado y algunas lágrimas le corrían por los cachetes. Escondido en el baño, apareció la señorita Cecilia y fue como sentir el calorcito de una frazada esas heladas noche de invierno. Sandro le contó de sus miedos y de los pedidos del Chicha. La maestra lo abrazo fuerte y le prometió que ella tenía una solución.
Los soldaditos aspiraban el aire blanco que le frenaba el frio y endurecía sus gestos, cuando la Señorita Cecilia pidió hablar con el Chicha, los chicos se le acercaron como los perros que olfatean un hueso raído, pero ella se puso el guardapolvo que llevaba colgado y los pibes se frenaron.
El jujeño apareció en la puerta y la hizo pasar. Se miraron en silencio, la profesora le entregó 2 papeles, giró sobre sus pasos y salió apurada. El Chicha los abrió y por primera vez en 20 años sintió algo que le inundó el cuerpo:
Cuando sea grande quiero ser dotor como los de la zalita, para poder curar a todas las mamas del mundo así nadies las pierde, como la perdí yo.