
Corazón de familia
Hace dos horas que estamos dando vueltas, pero nadie sabe nada. Fuimos hasta la plaza, recorrimos como veinte cuadras. También fuimos al mercadito donde está la carnicería, pero tampoco estaba, ni siquiera lo habían visto pasar. Se nos perdió.
Manuela está desesperada, tiene una foto de Pericles en la pantalla del celular y para a la gente por la calle, llorando a los gritos, mientras les muestra la foto de nuestro perro y les pregunta si lo vieron. Algunos paran y la consuelan, otros ni se detienen.
Yo me siento en las escaleras de un edificio,me siento agotado. Chequeo en facebook algunas páginas de mascotas perdidas a ver si puedo subir la foto de Pericles ahí. Manuela me grita. Si estás cansado,volvete a casa. La escucho masticar su bronca como si fuera un pedazo de pan. La miro un segundo, tiene todos los pelos sobre la cara y el maquillaje corrido. Si ella no hubiera tenido uno de esos ataques, Pericles no se hubiera escapado.
Desde que ella vive con nosotros, Pericles dejo de ser mi perro. Le ganó el corazón con comida y sobornos. En poco tiempo, casi nada quedó del perro joven y atlético que salía a correr conmigo los sábados a la mañana por el Parque Avellaneda. Mas bien, se transformó en un perro gordo y torpe, que solo vivía para calentarle los pies a Manuela. Al principio intentaba reconquistarlo, me levantaba temprano, agarraba el collar, lo movía sobre su cabeza para que lo mordisqueará desesperado como hacia antes. El movía la cola y daba saltitos, reconocía nuestro juego cómplice, pero inmediatamente se quedaba inmóvil, como si hubiera recordado algo, me miraba con una mirada larga y acuosa, y giraba su cuello rugoso hacia el cuarto, se quedaba en el umbral mirando para adentro, como Manuela dormía. Y al cabo de unos minutos se recostaba en el piso, como una gárgola, vigilante y obediente. Al poco tiempo deje de insistirle, ¿para que? Yo sabía que ya había perdido, siempre perdía cuando Manuela era el oponente.
Ese sábado había salido a correr, el sol me daba en la frente y derretía mi semana laboral barriéndola con el sudor. Di casi 5 vueltas, no lograba tanto desde hacía meses. Me sentía muy bien.
Cuando llegué a casa y abrí la puerta, Manuela hablaba por teléfono caminando de un lado a otro, llorando desconsoladamente. Apenas podía entender lo que decía, pero supe que hablaba con su hermana. Todavía tenía el piyama puesto, uno de lunares que siempre me gustaba mucho, porque tenía acceso directo a su escote, pero que ahora, todo estirado, hacia que sus pezones se transparenten, duros como dos puntos negros que me señalaban acusatoriamente.Pericles en el suelo, la miraba, movía la cabeza al compás de su ir y venir, con las orejas erectas, y los ojos fijos en sus pies.
Me quedé parado en la puerta un segundo hasta que me vio. Corto el teléfono y me miró. Existe un tiempo muerto en ese tipo de peleas, como un segundo previo donde todo se detiene, en el que sabés que lo ocurra al minuto siguiente va a cambiarlo todo. Yo usé ese segundo para volver al parque. Quería estar corriendo una vuelta infinita en una plaza sin bordes, con el pecho lleno de oxigeno nuevo. El ruido de los árboles y de mis zapatillas en el asfalto, nada más.
Manuela se abalanzó sobre mí, con los puños cerrados me golpeaba los hombros. Gritaba con un grito que parecía más un chirrido, que palabras. Me reclamaba, mi supuesta infidelidad como ya lo había hecho muchas veces antes. Manuela tiene una obsesión con las otras mujeres, las gordas, las flacas, las negras, las chetas. Para ella, todas sin distinción, quieren cogerme. Tiene fantasías alocadas de escapadas en deshora en las que cojo en telos sucios con mujeres de la oficina, o en los baños, o en los ascensores. Yo me pregunto porque no pone toda esa inventiva en nuestra propia vida sexual. Aunque con que quiera más seguido ya me conformaría, casi siempre está cansada, gorda, indispuesta.
Ella había visto mi celular, un mensaje de Sofía, mi compañera de oficina. Me hacía un chiste, el día anterior habíamos leído una de esas notas de yahoo, sobre el sabor del semen en relación a la alimentación. Lloramos de risa, todos. Sofía insistía en que deje de comer picante, en un mensaje pícaro. Puede ser que fuera confuso pero los chistes no se explican, Manuela. No, no me pasa nada con Sofía. Y era la verdad. Ni siquiera me gustaba, de las pocas minas de la oficina con las que nunca había fantaseado.
Manuela estaba más virulenta que otras veces. No te das cuenta lo que me haces, me haces mal. Gritaba, caminaba de un lado al otro del living. Revoleaba las cosas que había sobre la mesa, el mate cayó sobre mi camisa y mi saco de la oficina que estaban apoyados en el respaldo de una silla, el agua verdosa se desparramó por las hebras de la tela hasta endurecerse; un portarretrato de cuando buceamos en Angra dos reis se partió en millones de pedazos. Manuela se tiraba del pelo, de a mechones que se agarraba fuerte y soltaba con explosiones de llanto – me odiás, no te gusto, vos me odiás.
El papá de Manuela había engañado a su mamá tantas veces que ya ni podían contarlas. Cuando Manuela tenía cinco años, se levantó de una siesta, y vio a su papá con la mujer que limpiaba en su casa. Ella, arrojada sobre la mesa de la cocina, sobre el hule cuadriculado del almuerzo, con la pollera de frizza marrón arremangada en la cintura y la bombacha colgando de uno de sus pies, él colorado y transpirando, con una expresión que Manuela nunca le había visto, urgaba con dos dedos adentro de la mujer, que se retorcía con cada espasmo. El olor a cuerpos había empañado los vidrios de las ventanas. Manuela sintió tanto dolor que se le escapó un grito ahogado, su padre la descubrió escondida detrás de una puerta; mientras la mujer se bajaba la pollera, y salía apurada de la cocina levantando la escoba que estaba tirada en el piso.
Su padre la miró largamente, y después la sentó a upa. Le pregunto por qué lloraba, la consoló, le acarició el pelo, mientras con la otra mano se limpiaba el sudor del bigote. Le explico que a las mujeres les pica ahí a veces, que cuando fuera grande iba a pasarle a ella también. Que eso sería su secreto. Manuela nunca se lo contó a nadie. Aunque esa misma noche, la fiebre y las náuseas le declararon una meningitis viral que la tuvo en cama tres semanas o más. El dolor de cabeza, los mareos, los recuerdos que nunca se repiten en voz alta.Eso me contó alguna de las primeras veces que tuvo un ataque. Después de haberlo destruido todo; para explicarme, decía, para que yo entienda porque no confiaba en nadie. Al principio entendí, después ya no, porque no yo era su papá, y mucho menos como él.
El padre de Manuela vivía en Venezuela, solo lo había visto dos veces. La primera, en un casamiento. La segunda ya si, nos invitó a cenar a los dos, para conocerme, dijo. Tenía el pelo renegrido y abundante, un color ocre en su piel aceitosa que parecía untada permanentemente con bronceador. Estaba vestido elegante, pero tenía una corbata de colores, demasiado vivos. Le daban un aspecto chapucero, como un comediante. Vivía en algún lugar cerca del mar, con una chica de 25 años, que estaba embarazada de su primer hijo varón. Había adoptado los modismos caribeños, y alardeaba de su dinero. Se pasó casi toda la cena hablando de comprarse un yate, para cuando fuéramos nosotros de vacaciones. Manuela hablaba muy poco, sonreía tímidamente como si fuera una nena. Fue una cena corta igual, casi un trámite, y no deje que pagará la cuenta.
Vos te la cogés, te la cogés a esa puta, donde te la cogés, como te la cogés, decime hijo de puta, decímelo. Te chupa la pija, te conoce el gusto, decime maldito, morite, morite. Gritaba mientras se ponía las zapatillas. Pará, Manuela, pará. Trataba de frenarla porque abría la puerta para irse. La agarré del brazo y forcejeamos. Intenté que no se vaya porque estaba muy loca y me asustaba que salga a la calle en ese estado.Pericles me vio forcejear y se incorporó violentamente, ladrando. Me saltó encima, una, dos, tres veces, hasta que me empujó y me caí al piso. Mi propio perro. Manuela se zafó entonces, y me miró. Pareció empezar a calmarse al verme atacado por mi propia estirpe, pero Pericles salió corriendo a toda velocidad por la puerta, con dos aullidos dolorosos, y aunque lo llamamos, los dos, gritando, lo vimos desaparecer hacia la esquina a toda velocidad.
Ahora la tarde está empezando a caer. El cielo nuboso se espesa. Daría la sensación de que puede llover en cualquier instante. Estamos volviendo, callados. Aunque caminamos juntos, no nos tocamos. Ella tiene frío, se frota la piel de los brazos que está llena de puntitos, erizada. Pero no me sale tocarla. Ya no hay rastros de su ira, pero igualmente. Siento lástima por nosotros. Y por Pericles, desde que era un bebé estuvo conmigo, no sabe estar sólo, no es un perro de la calle, sin casa, no se sabe defender, es un perro con corazón de familia; temó lo peor. Que lo haya agarrado un auto, que se pelee con otros perros y lo lastimen, que coma de la basura, que se enferme, que se muera, que lo maten. Se me estruja la garganta. Manuela me mira, sabe todo. Sabe que la cagó rotundamente. Me dice: ¿se te ocurre algo más que podamos hacer? Volvamos a casa, le digo, sin mirarla. Siento que estoy a punto de llorar.
Cuando doblamos la esquina de nuestra cuadra, ahí lo vemos. Pericles está parado en la puerta de casa. Esta roñoso, con los pelos pegados con algo viscoso y negro, y con el hocico lleno de barro. Algo le pasó en la pata, la tiene como en carne viva. Pero está bien. Los dos corremos, él quiere acercarse, pero cojea, así que nos espera. Lo abrazamos, lloramos, él mueve la cola como un látigo y nos chupetea con su lengua áspera. Y no nos importa su olor nauseabundo, ni que nos miren los que pasan por la calle. No queremos nada más que volver a casa.
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