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Héroe por yerro

Por Paula Suárez López paulasuarlopez2@gmail.com

Héroe por yerro

Sé que están acostumbrados a esa clase de historias donde los héroes parecieran superiores a los simples mortales. Esa clase de entidad que con su sola presencia hacen temblar los suelos, tienen una destreza física sobrenatural, son audaces, valentía inigualable, de una inteligencia extremadamente inmejorable, la altura y peso perfectos, un cabello que suele flamear en el viento, hay algo de la belleza que no se escapa, por lo general los héroes a los que se nos acostumbran suelen ser simplemente hermosos.

Bueno, permítanme contarles esta vez una historia diferente; mi historia, la historia de cómo me convertí en héroe por yerro a mis 53 años. Era una tarde de abril, el sol caía en el barrio y me estaba tomando unos mates con mi mujer; Sara. Hacía unas horas había llegado de la tornería, un tanto cansado de esas largas jornadas, aún me dolían las manos y la espalda, pero no me quejaba. En ese entonces, cosa que no ha cambiado en la actualidad, ya no contaba ni con un pelo; después del 2001, la preocupación que se llevó con prepotencia a muchos de mi generación, había hecho que se cayeran todos: alopecia nerviosa dijo el médico, como si eso importara en aquel entonces, él me mandaba a que compre tal o cual remedio, mientras yo pensaba en cómo darles de comer a mis pibes. Pero no nos detengamos en esto, continuo contándoles cuál era mi estado en ese momento. Tenía una barriga prominente, Sara solía decirme mi ochomesino favorito, lo decía con tanta ternura que no importaba y nunca, pero nunca dejé a un lado los criollitos de grasa con los que me esperaba todas las tardes. En determinados momentos de la vida de uno, hay cosas que se convierten en cuestión de principios y yo no pensaba bajar ni un gramo, caso cerrado.

Con respecto a mi altura, en esa tampoco había sido favorecido; 1.68, para varón muy bajo. Con respecto a mi inteligencia y valentía, les pido que no se enojen si lo omito…realmente no hay por qué armar un relato tan denigrante para uno y más cuando lo escribo yo, conformense con la sinceridad de mismo. Solo les voy a decir que repetí el jardín de infantes por no saber jugar con tierra. Lo que sí tenía a mi favor es que era y soy de un muy buen corazón.
Vayamos al meollo de la cuestión. Hacía unos meses que venían asechando en el barrio unos ladrones de poca monta. En verdad, todos sabíamos que era el hijo del Rolo que se había empezado a juntar con mala compañía, pero en el barrio callábamos: el Rolo era un tipazo y no queríamos causarle malasangre. Lo cierto es que en los últimos robos se había tornado un poco violenta la cosa, lo que al inicio fue de guante blanco terminó siendo una gran paliza y enviando a su víctima al hospital. Esto último inquietaba a los vecinos.

Entonces, retomando, esa tarde de abril luego de los mates y por más cansado que esté, Sara me mandó a descolgar las sábanas del patio, sí, digo me mandó porque así fue, ella manejaba la casa a la perfección y yo simplemente obedecía, así eran las cosas entre nosotros y créanme que funcionaba. Como dije, me encontraba sacando de la soga a la sábana y se me enrrolló, comencé a forcejear, pero ella se resistía, recuerdo haber pensado; naaa, no me puede ganar una sábana, al unísono escuché gritos, algo así como: ahí está!; viene saltando por los techos de casa en casa!; agárrenlo!…no me dio ni tiempo a pensar, que a través de la sábana vi una figura saltando hacia a mí al estilo Spiderman, pegué un grito, un tanto afeminado, quise correrme de su camino de inmediato obviamente, mi intención no era impedirle el paso, pero por cuestiones del destino que a veces se empeña vaya a saber por qué, el hijo del Rolo, como todos sabíamos, quedó envuelto en la sábana, caí de casualidad arriba de él y una maceta que tenía en el patio se derrumbó en su cabeza, justo, justo, justo en ese momento Sara dejó entrar a los vecinos que decían que el ladrón estaba en el patio de casa y vieron esta escena. Ellos creyeron lo que quisieron creer y yo no me preocupé en aclarar.
Desde ese entonces me dicen héroe en el barrio, a veces me fían, el Rolo mismo me agradeció por hacer que su hijo cambiara de rumbo ese día en el que quedó al descubierto. La única que supo la verdad fue Sara, pero supongo que a ella también le gustó que le digan a su marido héroe y ese secreto se lo llevó a la tumba. Hoy estoy en la cama de un hospital, les cuento la historia para que no muera acá, conmigo y que se sepa que a veces el yerro tiene beneficios.