La Llave Doria

Esta obra es, ante todo, un homenaje a mi abuela, sin dudas una de las figuras más significativas de mi crianza y mi gran referente creativo. Se titula «La Llave Doria» en honor al linaje de su madre, de apellido Doria, quien falleció días antes de que mi abuela se casara. Ella siempre mencionaba con orgullo ese origen, sintiéndose pariente lejana de la realeza Doria.
Esta llave es mi única herencia material. Pertenecía a su antiguo juego de alcoba y me la regaló diez años antes de su partida; la conservé como quien guarda un amuleto durante todo ese tiempo. Me la entregó en vida, cuando aún era una mujer llena de vitalidad. Era la llave con la que abría todas las cerraduras de su cuarto, un espacio que al final ya no necesitaba cerrojos: el acceso a su mundo —ese lugar donde guardaba los materiales con los que ella también hacía su propio arte— era libre para todos.
Como todo proceso creativo, no busqué anticipadamente una idea; simplemente tenía la llave y fueron sucediendo hechos inesperados. El proceso se manifestó de forma orgánica y misteriosa durante varios meses. Recuerdo que llevé la llave al taller de mi maestro, Carlos Herzberg, apenas unos días después de su fallecimiento. La obra se convirtió, entonces, en mi propio ritual de despedida.
Pienso que los materiales no se eligen al azar. Busqué procesar su ausencia a través de la fusión que el fuego produjo entre el metal y el cristal. En el horno sucedió el milagro: la llave se fundió, el bronce reaccionó expandiéndose y volviéndose opaco, quedando atrapado para siempre en la transparencia. La técnica estaba replicando mi propio duelo: el objeto original se transforma, pierde su brillo externo y superficial, pero al expandirse, aporta su propia luz desde el interior del vidrio.
La finalización del giroscopio de hierro, que permite que la pieza gire en todas las direcciones, fue una idea posterior. Al terminarla, noté que la obra había encontrado su propio sentido visual: el círculo de hierro se transformó en el contorno de un ojo donde la llave, ahora fundida y expandida, me recuerda a una pupila.
Sin embargo, la obra se negó a ser algo estático. Tiempo después, cuando la traje a mi casa, el «calor del hogar» pareció seguir trabajando la materia. En el interior del vidrio comenzaron a aparecer pequeñas burbujas y formas nuevas; el proceso continuó procesándose por sí solo, como si la pieza estuviera viva.
Sus ojos claros, y más aún su mirada infinitamente tierna… ¿será eso lo que se inmortalizó en esta pieza? Esa llave, la única pertenencia física que me une a ella y que guarda el eco de los Príncipes Doria, hoy es el centro de mi propia mirada. Es mi forma de decir que nuestro vínculo, transformado por el proceso de su partida, es ahora la lente a través de la cual miro y entiendo mi propio mundo interior.