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Matar al gato

Por Sofía Peralta Ramos

Sintió las uñas de ella clavándose en su mejilla. El dolor lo estremeció. Ahogó un grito.

Con ambas manos se tocó la cara, sintió la sangre que corría entre sus arrugas, como si fuera un río.

– Perdón – alcanzo a murmurar

Ella lo mira con desprecio – anda a lavarte que se te va a manchar la camisa.

El obedece.

Con manos temblorosas se quita la camisa, se lava la cara. No se anima a mirarse al espejo.

Agarra gasas y alcohol, se pone una venda. Ya pensará que dirá mañana en el trabajo.

Cenan en silencio, con el ruido de la tele de fondo.

 A la mañana siguiente se levanta temprano, ella sigue durmiendo. Sale sin desayunar. Toma el colectivo, y durante la media hora de viaje hacia su trabajo piensa distintas versiones para explicar el vendaje en su mejilla. Trabaja de limpieza en una clínica privada, hace muchos años ya. Mario, el recepcionista, lo mira sorprendido cuando llega.

– Eh ¿qué pasó?

– Nada, me llevé por delante un mueble.

– Andas distraído últimamente.

Apura el paso hacia el vestuario. Se pone la ropa de trabajo y el cartelito que lo identifica con su nombre: Américo.

Mientras camina hacia los consultorios odontológicos, área en la cual está asignado, piensa en qué le va a decir a Norma, su compañera de hace más de 6 años en el puesto. Cada vez se le hace más difícil ocultarle las marcas.

– ¿Otra vez tu gato? – Le pregunta Norma al verlo llegar.

– No, no, me golpeé con un mueble.

– Parece grande ¿No queres pedirle a la Dra. Sañez que te revise?

– No, estoy bien – contesta alejándose a pasos grandes.

El día pasa lento, por suerte al mediodía Norma le ofrece salir para almorzar.

– ¿No deberías hacer algo con ese gato? – pregunta Norma mientras almuerzan en la plaza frente a la clínica.

– Pero si no fue el gato.

– Ya sé, pero como cada tanto te rasguña tan feo, mejor deshacerse de él, ¿no?

Américo no dice nada, le cuesta tragar el pedazo de tortilla recalentada. “Desacerase del gato”, piensa, “como seria…”.

Norma termina de comer su sándwich de salame y queso en silencio. Le gusta estar con ella, esa mujer de pocas palabras, sonrisa amplia, y caderas anchas. Cuando está con ella no tiene miedo, ni le agarran esos temblores que siente estando en su casa.

– ¿Cómo puede uno deshacerse de un gato? – pregunta Américo casi en un susurro.

– ¿Regalándolo?

– Sí, pero mi mujer es muy apegada al animal, tiene que ser de algún modo en que no se dé cuenta.

Norma se rasca la cabeza, guarda el tupper del sándwich en su cartera.

– ¿Si lo envenenas? Cuando era chica en mi barrio aparecieron varios perros muertos, decían que los habían envenenado pero nunca se pudo comprobar… eso sí, si le tenes cariño al gato mejor pensemos en otra cosa.–No, cariño no le tengo… ¿y como se envenena a un gato?

– No sé, supongo que tendrías que conseguir algún tipo de veneno para ponerle en la comida.

Américo se agacha a agarrar una ramita sobre la cual camina una hormiga. Aplasta la hormiga con el dedo – Si, eso puede ser- murmura.

Vuelve a su casa tarde, había pasado por un locutorio, donde estuvo buscando en internet distintos tipos de venenos. Encontró varios pero no tiene idea de cómo conseguirlos. Seguirá investigando. Antes de llegar a su casa compra unas empanadas fritas que sabe que a su mujer le gustan. Así se evitaría otra discusión.

Pasan los días, Américo no puede sacarse de la cabeza la idea de “matar al gato”. Sabe que el gato jamás se irá de la casa. El tampoco. Varias veces en todos estos años había pensado en hacer una denuncia, veía en la tele como mujeres denunciaban a sus maridos, ¿por qué no podía hacer él lo mismo?. Sabía la respuesta. Se reirían de él, se burlarían, lo tildarían de pollerudo y de gallina. Se sentía un ridículo, un fracasado. Su mujer pesaba 40 kilos, él 80, no había manera que la gente no se burlara de él. Tenía que haber otra solución.

Pasan varios meses, los rasguños continuaron, las búsquedas en internet también. Una mañana de invierno, gris y fría, mientras Américo toma un café aguado en la cafetería de la clínica, Norma se le acerca sonriente.

– Tengo la solución.

–  ¿De?

–  Del problema con tu gato.

Norma se sienta frente a él, sus brazos macizos se mueven agitados.

– Resulta que una prima lejana con la que hablé ayer trabaja en una veterinaria, le conté que tenía un problema con un gato y me dijo que podía conseguirme unas ampollas que se usan para dormir a los animales, ¿te das cuenta?

Américo revuelve su café. Trata de pensar lo que Norma le está diciendo.

– Pero yo no quiero dormir al gato

– Pero no, escúchame bien, dormir quiere decir sacrificarlo.

Américo sintió que sus manos comenzaban a temblar, no de miedo sino de emoción.

Ese fin de semana Américo insistió en preparar sopa de zapallo, algo que su mujer aceptó a regañadientes. Américo también insistió para que ella se fuera a acostar antes de la cena, el se encargaría de todo.

Cerca de las nueve de la noche los vecinos escucharon los gritos. La policía tardó en llegar unos veinte minutos. A las 9:20 hs entraban en la casa. Sánchez, un oficial joven, encontró en la cocina una mujer que lloraba abrazando a un hombre que se notaba habían apuñalado varías veces. En la mesa de la cocina había varias ampollas de pentobarbital y en la hornalla, todavía prendida, una sopa de zapallo recién hecha.

 

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