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Sobre la crítica a Homo Argentum (2025) y sus tres errores externos

Por Marcos Emanuel Pelosso

15 febrero, 2026

 

Marcos Emanuel Pelosso nos ofrece una crítica sobre la película Homo Argentum, y a la vez, una crítica sobre los críticas a la película. Reflexiona sobre la tarea del crítico y le intromisión del contexto social y político en la recepción e interpretación de la obra.

«Hay cosas que sabemos que sabemos; otras que sabemos que no sabemos; y otras que no sabemos que no sabemos». Esta cita, atribuida a Donald Rumsfeld, secretario de Defensa de los Estados Unidos en 2002[1]Véase https://usinfo.org/wf-archive/2002/020212/epf202.htm, constituye un curioso juego de palabras que se comprende mejor en el idioma original. Se refiere a la prevención de errores de orden militar y político ligados a la incertidumbre, la información incompleta o las fallas en el diagnóstico.

De manera análoga, en la jerga de la computación se distingue entre error interno y error externo. Este último, a diferencia del primero, no nace del programa mismo, sino de factores ajenos que lo afectan: una falla de hardware, una equivocación del operario, un corte de energía o un dispositivo que responde de manera defectuosa; en otras palabras, es un tropiezo que proviene del exterior, pero que condiciona el resultado final. Creemos que esta diferenciación también puede trasladarse al ámbito de la crítica periodística —profesional o amateur, y en particular la argentina—, y este es el eje de nuestro interés, que se manifiesta con especial gravedad en la película Homo Argentum (2025), dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat.

Para que el lector comprenda mejor el caso que nos interesa, conviene hacer primero una breve explicación y reseña de la película. La cinta, coescrita por los directores junto a Horacio Convertini y Andrés Duprat, es una comedia episódica en forma de antología que busca reflexionar sobre la sociedad argentina contemporánea a través de retratos fragmentarios, donde el reconocido actor argentino Guillermo Francella interpreta a dieciséis personajes distintos.

El filme presenta diversas visiones comunes y supuestos acerca de lo que «hace a los argentinos»: se los muestra como engreídos, familieros, dotados de cierta «viveza criolla», corruptos, afortunados, superficiales, convencidos de que «afuera todo es mejor», cobardes que se disfrazan de valientes y fanfarrones, entre otros rasgos. Desde nuestra perspectiva, Homo Argentumes una parodia en sketches de corte familiar —salvo por los insultos y alguna escena de desnudo parcial— que aborda de manera tangencial preguntas éticas o sociales, y cuestiona superficialmente ciertos símbolos recurrentes de la «argentinidad» junto con ciertas tensiones universales clásicas (el amor, la moral, el prejuicio, el miedo, etcétera). El resultado es una obra de buen ritmo general, claramente concebida para entretener. Ofrece escenas graciosas y absurdas muy logradas, junto a otras más tristes y fáciles de empatizar, pues reflejan tópicos históricos como el dolor de la despedida de un familiar que ha decidido emigrar de la Argentina. Expone -con un sesgo discutible- algunas de las miserias humanas (no solamente argentinas), y logra distraer durante buena parte de su metraje, que dura menos de dos horas y que parecen menos. Entre sus fortalezas están la actuación estelar de Franchella en cada uno de los cortometrajes, que brilla por su plasticidad actoral a pesar de que el guion de la propuesta no sea potente. Se agradece que la cinta no tema atacar algunos mandatos que se rigen como «políticamente correctos» de la actualidad y del mundo cinematográfico, y que da material suficiente para la discusión y la reflexión breve acerca de los temas que se deslizan en cada episodio. Entre sus debilidades, no hay una progresión narrativa clara; por la naturaleza trunca los sketches, estos no logran un profundo peso dramático ni la consistencia que requiere un buen corto, por lo que no hay un verdadero concepto unificador que sostenga al conjunto de episodios. Por otra parte -y en consonancia con muchos espectadores-, el reflejo que se propone de «el argentino» se reduce a un puñado de estereotipos del porteño, varón y de edad media, y se refuerza con el uso de ciertas expresiones que son propias de la jerga bonaerense, como «canuto» o «pibe».

 

“El segundo error es de vigencia cultural y social, y responde al riesgo de una instrumentación política. Homo Argentum fue un éxito de taquilla y, al momento de la publicación de este escrito, ha recuperado e incluso duplicado su inversión inicial. Sin embargo, su estreno coincidió con un contexto político en el que se discutía «la utilidad» y «la relevancia» del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), organismo estatal que en los últimos años produjo varias películas incapaces de cubrir siquiera sus gastos de producción.”

Fue tal la repercusión de la cinta que terminó dividiendo opiniones: algunos la elogian por su ironía y crítica social, mientras que otros la cuestionan por considerarla superficial, estereotipada y polémica. En el diario La Nación, el economista Juan Carlos de Pablo comentó: «Soy uno de los tantos que vió la película. Me gustó mucho. Quiero compartir lo que sentí, que se ubica en las antípodas de la alimentación de la maldita grieta que les hace desperdiciar tanta energía a muchos argentinos»[2] Véase https://www.lanacion.com.ar/economia/homo-argentum-se-ocupa-de-temas-universales-nid20082025/. El periodista Jorge Fernández Díaz, para el mismo medio, escribió: «Somos tan precarios que no aguantamos reírnos de nuestros tópicos y le ladramos a la ficción como si aulláramos de rabia frente a un noticiero»[3] Véase https://www.lanacion.com.ar/opinion/la-polarizacion-nos-ha-vuelto-imbeciles-nid23082025/. En contraposición, Juan Francisco Gacitúa, en el portal A sala llena, señaló que la película: «intenta provocar, hacer reír y hasta conmover de las maneras más gastadas y predecibles que se puedan imaginar, repitiendo maniobras para que cada episodio resulte en tesis reemplazables por memes […], a veces con bajadas de línea tan explícitas que sus directores parecen olvidar que la película incluye chicanas sobre esa clase de cineastas» [4]Véase https://asalallena.com.ar/homo-argentum/. Por último, la periodista Nancy Pazos en el espacio televisivo de C5N -medio abiertamente contrario al gobierno de Javier Milei- dijo que la película: «Es espantosa, todos los críticos de cine la defenestraron. Es una película de 16 cortos en donde, en cada uno de ellos, se ve una característica argentina nefasta. En esta película el argentino es una mierda, una película hecha por tilingos y gente apátrida. A Milei le encantó porque es apátrida»[5] Véase https://www.mdzol.com/mdz-show/la-lapidaria-critica-nancy-pazos-homo-argentum-que-desato-numerosas-polemicas-es-una-mierd-y-apatrida-n1315696.

Sin embargo, y sin desconocer las fallas del filme, creemos que la película sufre de tres errores de carácter externo que conviene distinguir, pues quizá nos permitan reflexionar para lograr una mejor apreciación de cualquier obra artística.

El primero de estos errores consiste en tomar todas las películas como objetos dignos de un profundo análisis filosófico, político y/o multidisciplinario. Homo Argentum es, en esencia, una comedia de carácter antológico: una colección de sketches que no se conectan en una secuencia narrativa, sin trama única, ni desarrollo amplio de personajes. No hay en ella una evolución narrativa, ni una búsqueda de solemnidad. La forma en que se presentan las historias coincide con la magnitud del contenido que pueden ofrecer: se trata de una película que no se concibe a sí misma como una obra seria, sino como un producto pensado para entretener, para provocar algunas sonrisas a partir de aspectos irónicos o ridículos de «los argentinos», y no mucho más. En una metáfora, pretender una crítica profunda sería como redactar un pesado ensayo teológico sobre las visiones que ofrece un caleidoscopio, ignorando que no es más que un tubito con espejos y papelitos de colores. No puede esperarse de toda obra una gravedad filosófica absoluta, y eso no la convierte en una mala película. La sencillez no debe confundirse con la simpleza entendida como nadería o bobería: este error no es de la obra, sino de quien la interpreta, quizá por pretensión o por ocultar otro tipo de prejuicio.

El segundo error es de vigencia cultural y social, y responde al riesgo de una instrumentación política. Homo Argentum fue un éxito de taquilla y, al momento de la publicación de este escrito, ha recuperado e incluso duplicado su inversión inicial. Sin embargo, su estreno coincidió con un contexto político en el que se discutía «la utilidad» y «la relevancia» del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA), organismo estatal que en los últimos años produjo varias películas incapaces de cubrir siquiera sus gastos de producción.

La disputa entre «el éxito de lo privado» y «el fracaso de lo público» se convirtió así en un campo de batalla cultural: de un lado, quienes defienden la autonomía del cine privado y reclaman el recorte de organismos estatales como el INCAA, criticando que se use «dinero del Estado» para financiar producciones cinematográficas; del otro, quienes sostienen que ese apoyo es imprescindible para que determinadas obras de calidad puedan existir. Este conflicto, sin embargo, es completamente ajeno a la película en sí. Homo Argentum responde más bien a un interés revisionista (cuando no, algo morboso) sobre «el argentino» y «su argentinidad», impulsado por una fuerte campaña de marketing —con evidente presencia de marcas comerciales— y sostenido en la figura de un actor estelar y muy querido como Guillermo Francella. La propuesta interpela al público argentino en general, y esa es la razón de su éxito o fracaso en términos de recepción. Pero las disputas políticas antes mencionadas no deberían tener lugar en la crítica cinematográfica: no mejoran ni empeoran la película, ni la preferencia del público por esta obra en lugar de otras, puede interpretarse como signo de favoritismo ideológico o argumento a favor de una u otra postura.

La película, por su naturaleza, no puede dar respuesta a un asunto tan complejo ni tan reciente, tal como advertía Theodor Adorno en su teoría estética. De manera similar, Walter Benjamin en  La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica señala que toda obra es en parte incapaz de reflejar problemas contemporáneos futuros o contextos demasiado distintos de aquel en que fue creada. En otro registro pero en la misma línea, el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht sostenía que el teatro que «solo entretiene» no cumple funciones sociales inmediatas, pues su estructura y su lenguaje lo vuelven poco eficaz para enseñar o transformar conciencias contemporáneas. 

El tercer y último error externo —quizá el más flagrante que puede cometer un crítico que se precie— es enaltecer o denostar una película por su postura ideológica, intelectual o política sin siquiera haberla visto. En los medios de comunicación tradicionales y en las redes sociales abundan ejemplos de figuras influyentes que eligen no mirar el filme con el argumento de que «ya es malo de entrada, porque sus directores siempre giran en torno a una crítica social banal desde el humor».En la misma línea, se encuentran quienes apelan a fundamentos teóricos para descartar la obra: algunos, apoyándose en la noción de polifonía y cronotopo de Mijaíl Bajtín, afirman que «si una obra no posee un carácter dialógico que trascienda su época, que permita múltiples lecturas y/o que responda a voces futuras, no tiene sentido verla». Otros se aferran a posturas puramente políticas, sosteniendo que «el sector público permite la creación de ideas nuevas y complejas que jamás atenderían a los intereses de un mercado capitalista, y esta película, al ser capitalista, no merece ser vista para no fomentar esas ideas». En este caso, se trata de la reedición del conflicto entre lo público y lo privado. Las más lamentables de estas posturas son las que se construyen a partir de reduccionismos: «todas las películas antológicas no son películas y no valen el esfuerzo», «el uso del latín en el título es incorrecto, entonces la película es incorrecta», «si el INCAA no intervino, la película no es argentina» o «sector privado es igual a capitalismo, y capitalismo es igual a malo».

El crítico de una película que valore su propia opinión debe, antes que nada, ver la cinta para poder juzgarla, sea para bien o para mal. No debería temer revelar al público alguna sección del filme si eso le permite fundamentar mejor sus ideas o posicionamientos, pues esto fortalece sus argumentos y otorga mayor solidez a su reflexión, más allá de que acierte o se equivoque. El argumento de «no querer pagar la entrada para no colaborar con un proyecto del sector privado» carece de sentido en tiempos en los que todo puede encontrarse en internet de forma gratuita con apenas unos clics. Tampoco la falta de tiempo resulta una excusa válida —más aún si se considera la extensión de ciertos artículos frente a los escasos 110 minutos que dura la película—, ni lo es el supuesto miedo a la censura (inexistente) o la negativa a verla porque el público «no coincide con sus preferencias».

Toda crítica es apreciable y tiene validez siempre y cuando se hable de una obra efectivamente contemplada por el crítico. La única justificación posible para no ver la película es la falta de interés en ella, y eso no debería derivar en artículos ni en extensos videos que buscan censurarla. Recordemos que Jorge Luis Borges, en Pierre Menard, autor del Quijote, afirmó que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica. Podemos coincidir, entonces, en que muchas de estas posturas responden a pasiones ajenas a la obra.

Expuestos los tres errores externos, invitamos al lector a ver la película y a ejercitar la saludable gimnasia mental de la escritura y de la creación de textos de opinión. Porque, como escribió Borges en el mismo cuento, «Pensar, analizar, inventar […] no son actos anómalos, son la normal respiración de la inteligencia».

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