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Los hoteles porteños y el mundo de la política a fines del siglo XIX

Por Rodrigo Salinas

21 mayo, 2022

Un poco de historia sobre los lujosos hoteles que se construyeron en la ciudad de Buenos Aires en el siglo XIX y del uso que les dieron los políticos de ese entonces. Un artículo de Rodrigo Salinas.

 

A partir de 1890,  numerosos hoteles  fueron construidos sobre la Avenida de Mayo, desde los pequeños y medianos hasta los más grandes y lujosos, estimulando la corriente turística hacia nuestro país entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Se calcula que entre 1897 y 1910 se abrieron cerca de 18 hoteles sobre la nueva arteria porteña. En este sentido, podría decirse que el hotel surgió como una “forma de habitar”, es decir, la idea de residir en él como en la propia casa se hacía irresistible y tentadora, especialmente para las clase dirigentes o para las delegaciones de extranjeros y visitantes ilustres provenientes de Europa que llegaban a la Argentina en los años que precedieron a los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo.  

Entre los pequeños y medianos hoteles se destacaban el “Hotel Windsor”, fundado en 1885 en la Avenida de Mayo Nº 802- 838; el “Hotel Novel”, construido ese mismo año por el arquitecto suizo Christian Schindler, el “Hotel Alcazar”, ubicado en el solar del 963, con una bella y original fachada de paños de vidrio; el “Hotel Astoria”– ubicado en Avenida de Mayo 916, obra del arquitecto noruego Alejandro Christophersen; así como también el anexo del “Gran Hotel España”, inaugurado en 1895.

En estos hermosos y lujosos hoteles se alojaban desde los capitalistas y hombres de negocios que venían del Viejo Continente hasta los pasajeros provenientes de las ciudades principales del Interior del país y quienes deseaban refugiarse en estos nuevos ambientes siguiendo los modos de vida europeos. Pero, sin duda, los hoteles también tuvieron una relación estrecha con el mundo de la política, debido a que siempre se alojaban ellos un variopinto grupo social que iba desde los gobernadores jaqueados por la oposición- los cuales llegaban a Buenos Aires a pedir auxilio al Poder Central- dirigentes que querían derrocar al gobierno de turno y expresar sus agravios, delegaciones que acudían a las reuniones partidarias, hasta legisladores que se resistían a tener una casa en la ciudad masificada y preferían alojarse en un hotel durante el periodo de sesiones legislativas del Congreso Nacional.

 

“Pero, sin duda, los hoteles también tuvieron una relación estrecha con el mundo de la política, debido a que siempre se alojaban ellos un variopinto grupo social que iba desde los gobernadores jaqueados por la oposición- los cuales llegaban a Buenos Aires a pedir auxilio al Poder Central- dirigentes que querían derrocar al gobierno de turno y expresar sus agravios, delegaciones que acudían a las reuniones partidarias, hasta legisladores que se resistían a tener una casa en la ciudad masificada y preferían alojarse en un hotel durante el periodo de sesiones legislativas del Congreso Nacional.”

Fotografía del Hotel Metropole. Inaugurado en el año 1900, se ubicaba en la esquina de la calle Salta y fue diseñado por el arquitecto Augusto Plou. Se trata de un edificio de estilo academicista francés y pertenece a la corriente de la Ecole des Beaux de París. Construido en mampostería con vigas de hierro y bovedilla catalana. La cúpula de la esquina estaba rematada por una estatua femenina hecha en bronce, símbolo de La Previsora, nombre de la compañía de seguros que se instaló allí. La mansarda tenía una serie de miradores con techos metálicos.
Los Grandes y Lujosos Hoteles

En cuanto a los grandes hoteles, en ellos se verificaba “el modo de vida yankee”[1]El arquitecto Pablo Hary consideraba que si bien, como modelo estético, se buscaba imitar la arquitectura francesa, como modo de vida se aspiraba a seguir otras pautas. En este sentido nos advierte … Continue reading, la elegancia y el buen gusto, pues la disposición de algunos de ellos como el “Hotel Metropole”, construido entre 1899 y 1900 por el arquitecto Augusto Plou en la intersección con la calle Salta, continuándose hasta Rivadavia- cuya propiedad pertenecía a la firma Loisy y Roget- permitió en su momento brindar el estilo propiciado por los grandes hoteles norteamericanos. Sus amplios espacios, como el vestíbulo de entrada, le daba el tono de una “casa de grandes”. La escalera de honor resultaba “una verdadera obra de arte[2]“Comercio e industria”. “La vida moderna”. “El hogar vencido por el Hotel Metropole”. “Nueva York en Buenos Aires”. “Un palacio público”. Recuerdo de Brillat Savarin. En “La … Continue reading. Este hotel contaba, además, con cuatro pisos que le aseguraban los preciados dones del aire y la luz. Un detalle en la composición de sus ambientes le otorgaba el rasgo moderno de adecuación, ya que estos se podían transformar en departamentos independientes de cuatro o cinco habitaciones. Según el “Baedeker de la Republica Argentina”, escrito por Alberto Martínez en 1904, “la tarifa por persona y por pieza, exclusivamente, era de tres pesos, como mínimo, subiendo en relación con el lujo y dimensiones del local. La comida podía calcularse en cuatro pesos, por persona. El baño simple, caliente, entre cincuenta centavos y ochenta centavos” [3]Martínez, Alberto; “Baedeker de la República Argentina”, Edición Peuser, 1904..

El tercer piso contaba con un mobiliario muy suntuoso estilo Luís XIV. El ornamento armonizaba en todos los detalles: “desde las mesas escritorio, que pueden convertirse en mesas de juego o de comedor, hasta las mesitas de luz, sólidas, elegantes y ligeras; desde las pesadas colgaduras de los saloncitos de cada departamento, hasta los bien dibujados artefactos de la luz eléctrica (…)”. Nada desentonaba en el hotel, donde predominaban el buen gusto y, sobre todo, la tranquilidad que representaba poder descansar en los pisos más altos; hecho que puso de manifiesto el cronista Pablo Hary, cuando argumentaba que “se está y no se está en la ciudad, se tienen todas las ventajas y ninguno de sus inconvenientes, y los nervios exasperados por la vida intensa de las calles se tranquiliza allí, como un retiro campestre (…)” [4]En Ortiz, Federico; ídem, p. 35. Otro detalle que captó el periodista fue el confort que brindaba el moderno equipamiento, puesto que “los lavatorios todos tienen aguas corrientes y desagües propios, comodidad que no poseen aun ni los mejores establecimientos del genero en Europa, pues hay que pensar en ella antes de comenzar a construir el edificio (…)”[5]Idem ant.. En este sentido, el hotel, al trasformar sus diferentes espacios en departamentos independientes, ofrecía todas las comodidades de una vivienda familiar dando la sensación de habitar en un verdadero palacio.

El edificio del Hotel Majestic, construido por los arquitectos Federico Collivadino e Italo Benedetti con los fondos de la Cooperativa Caja Internacional Mutua de Pensiones. Se trata de un edificio de estilo ecléctico y con una estructura de mampostería y hierro. Allí se alojó la Infanta Isabel de Borbón durante su estadía en Buenos Aires.
HOTEL MAJESTIC

Ubicado en la Avenida de Mayo 1317, este hotel fue construido por los arquitectos Federico Collavadino e Italo Benedetti e inaugurado en 1910. De sus 150 habitaciones, se destacaban particularmente las que ocupaban las ochavas donde se dispusieron departamentos para diplomáticos, con sus dormitorios, salas y escritorios correspondientes.

En su entrada había una gran escalinata de mármol, mientras que el primer piso pasó a albergar un salón de estar y otro de música, en tanto que los comedores y la cocina se situaron en el 6º y 7º pisos, donde también estaba la terraza y el famoso “roof garden”, una hermosa galería de cristal con piezas de acero laminado y fundición, que incluía una hermosísima confitería desde donde se tenía una esplendida vista del nuevo boulevard. En el exterior- entre la galería y la balaustrada- se ubicó el comedor de verano; mientras que en su frente se podía apreciar una muestra de diversos estilos arquitectónicos, los cuales iban desde el academicismo francés, el “Art Nouveau”-  creado por el arquitecto Víctor Horta- también conocido como el padre del “modernismo” belga, gracias a la construcción de la llamada “Casa Tassel” ubicada en la ciudad de Bruselas- y aparecido en nuestra ciudad capital hacia 1895- y finalmente el llamado “Art Decó”, un estilo arquitectónico totalmente novedoso que buscaba romper con los cánones estilísticos heredados de la Escuela de Artes de París, el cual comenzó a aplicarse en la arquitectura porteña a partir de la década de 1920.

En el hotel Majestic se hospedaron todos los miembros de la comitiva chilena que llegaban a la Capital Federal para participar de los actos centrales por los festejos del Centenario, haciéndolo también el coronel español José Cavalcanti, quien pertenecía además al séquito de la compañía de la Infanta Isabel de Borbón. Igualmente vivieron en este hotel Marcel Paillette, el primer aviador que voló sobre Buenos Aires, y el renombrado arquitecto y urbanista francés Le Corbusier, quien nos dejó una muestra de su genio en los jardines de La Recoleta. El ingeniero electrónico italiano Guglielmo Marconi, uno de los más destacados impulsores de la radio- transmisión a larga distancia también estuvo presente en el hotel. Pero, sin dudas, una de las figuras estelares que se alojó en él fue el genial bailarín de ballet y coreógrafo de origen polaco Vaslav Nijinsky, quien arribó a la ciudad en la primavera de 1913 y ocupó un departamento de cinco habitaciones en el tercer piso del edificio, al ser invitado como primera figura deel Teatro Colón y, luego, para casarse con la actriz húngara Rómola de Pulszky en la Iglesia de San Miguel.

 

Edificio del Gran Hotel España. Ex edificio de renta, propiedad de la señora María Carranza de Lawson. Tenía 4 pisos y baños privados. En 1910 era considerado como el de mayor capacidad en Sudamérica.

EL “GRAN HOTEL ESPAÑA”  Y SU CALIDAD GASTRONÓMICA

Este hotel fue construido por el arquitecto José Arnovot en 1897 en la Avenida de Mayo 916 para la razón social del empresario Javier Lorenz- fundador y “Alma Mater de uno de los establecimientos más acreditados de la ciudad[6]Llanes, Ricardo; ídem, p.173. . Tenía 315 habitaciones, repartidas entre la Avenida y su frente, sobre la actual calle Hipólito Yrigoyen. Además de contar con sus salas de visita, sus salas de lectura y su lujoso hall, el hotel poseía un restaurante donde se preparaban “comidas con arreglo a los más puros preceptos de todas las cocinas”, donde se servía la tradicional leche merengada, la horchata de chufas y el ajenjo que, por un tiempo, llegó a constituirse en el aperitivo obligado y cuyo expendio debió prohibirse por el excesivo consumo que se hacía de él.

Allí el huésped se sentía cómodo, bien atendido, “siendo objeto de ese servicio diligente y cortés que no se paga con nada”. Se trataba de una gran casa habilitada con todos los adelantos europeos de la época, donde se hospedaban “señores de campanillas y señoras de significación”[7] Llanes, Ricardo ; ídem, p. 166, entre quienes se contaban las  prestigiosas personalidades y
grandes empresarios españoles que llegaban a la Argentina movidos por la bonanza económica y el futuro prometedor que vivía el país a principios del siglo XX, y otras tantas eminencias extranjeras pertenecientes al mundo de las ciencias, las letras y las artes[8]Llanes, Ricardo; ídem, p. 167. , entre quienes puede mencionarse al filosofo y ensayista español de amplia y sólida cultura, José Ortega y Gasset; y el admirable gallego de la lira multicorte, Ramón del Valle Inclán; además de ser el ateneo y el baluarte de renombrados dirigentes del radicalismo, como el joven Lendro N. Alem, fundador del partido de la Unión Cívica radical en 1891.

Este hotel contó además con la presencia de un destacado artífice y arquitecto de la repostería profesional europea de aquellos días, el chef y jefe de cocina piamontés Carlos Spriano (director de la “verdadera escuela del arte de hacer bien de comer”, en palabras de Ricardo LLanes[9]Llanes, Ricardo; ídem, p. 173. ). Ningún hotel ubicado sobre la Avenida de Mayo, y sin duda de todo Buenos Aires, contó con otro chef de tal calidad profesional. Fue lo que se dice “un pozo de sabiduría gastronómica y todo un consumadísimo artista batido en amor propio con pasta de antigua devoción”[10] Llanes, Ricardo; ídem, p. 175. . Este maestro del arte culinario fue quien inauguró la primera gran academia de gastronomía dentro del hotel, espacio desde el cual impartía también sus lecciones y conferencias. Su ilustrada versación de la cocina universal, sus acabados conocimientos en excelencias de combinaciones para los diferentes menús, hicieron del “Gran Hotel España” la mesa recurrida de abundantes comilonas, de las opulentas cenas y los resonantes banquetes.

En ellos, Spriano solía decorar la mesa principal con alguna obra artística de su creación, lo que provocaba la consiguiente admiración por la belleza y perfectibilidad del objeto presentado. Uno de los banquetes que, por la celebridad del homenajeado, alcanzó resonante significación fue el que se ofreció al compositor  italiano de ópera Giacomo Puccini- autor de la pieza dramática “Tosca”- quien se había hospedado en el hotel en uno de las habitaciones en 1903, donde el chef patissiere elaboró un delicioso bizcocho de almendra en forma de álbum musical abierto, relleno con mermelada de damasco, fundente blanco perfumado al marrasquino y una exquisita cobertura a base de caramelo estirado y chocolate. Al presentarlo en la mesa en el momento oportuno, el pastel fue colocado de frente al ilustre huésped, mientras en un salón contiguo la orquesta entonaba el vals “Mimí” perteneciente a la obra “Bohéme”, estrenada en el Teatro Regio de Turín el 1º de febrero de 1896.

Fotografía del chef italo-argentino Carlos Spriano, contratado por el “Gran Hotel España” y famoso por su excelente gastronomía.
En la semana de 1910, en el contexto de los festejos del Centenario y de la visita de la Infanta Isabel de Borbón, el chef Spriano elaboró una bellísima obra de repostería con la figura al natural de su tío, el  rey Alfonso XIII de España, la cual estuvo expuesta detrás del vidrio, provocando la admiración del público por la notable fidelidad del parecido. Sus recetas fueron compiladas posteriormente en el libro titulado “El Arte Culinario”, publicado en 1905 y reeditado por segunda vez en 1931. Se trataba de un compendio de cocina universal, compuesto por 1.606 páginas y más de 5.500 recetas que se convirtieron en el “Codex Alimentario” para la consulta de otros cocineros y camareros del mundo.

 

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