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Lecturas

Por Ivana Bristiel

24 julio, 2022

 

 La psicoanalista Ivana Bristiel nos propone una reflexión sobre las distintas formas de lectura, los distintos registros y géneros de lo leído, y el aporte de la subjetividad personal del propio lector ¿Qué leemos, cuándo y cómo? ¿Cómo lee una analista?

 

“lo que se lee pasa-a-través de la escritura permaneciendo allí indemne”[1]J. Lacan, “Posfacio al Seminario 11”, Otros escritos, Buenos Aires, Paidós, 2012, p.529.

Jaques Lacan

 

Me convocan bajo una pregunta que ya en su seno se bifurca, para volver a hacerlo una y otra vez, armando un entramado. 

La primera pregunta que recibo es “¿Cómo lee una analista?”, apoyada en la aseveración lacaniana de que no hay un “ser” del analista, esta pregunta resuena directamente en mi singular relación entre la lectura y el psicoanálisis, en sus diversas vertientes. Luego arriba otra pregunta, “¿Cómo lee Ivana Bristiel?”, esto abre otras líneas cuando el cómo se desliza al qué, ¿cuándo leo qué cosa?

Pienso así en las lecturas que me habitan y que habito. Todas ellas se hincan tanto en mi formación como analista, en mi posición como analista practicante y como analizante, así como en mi relación con la literatura y la escritura. Leo mucho y de distintos modos que no se disgregan unos de otros, sino que se entrelazan. 

 Lectura textual

 Cuando navego un texto, generalmente mi atención se detiene en un detalle, uno que me indica que más allá hay algo nuevo por explorar. Me interpela ese saber latente, por advenir, que acompaña al saber explícito. Entonces al texto, lo escudriño para hacerle decir eso que creo que reposa subyacentemente. 

“Aquel que me interroga sabe leerme” dijo Lacan en “Televisión”, espero algún día ser lo suficientemente interrogativa. 

Leer sin comprender -del todo- me acompañó siempre en mis estudios, y con mi primera elección de carrera esto se agudizó. Al tratarse de una ciencia fáctica, la lógica y la verificación ocupaban un lugar central, pero, si bien las fórmulas químicas sobre el papel me devolvían un saber cerrado, el experimento no se desligaba de la contingencia e introducía una hiancia en el saber…eso me parecía fascinante. 

Del “margen de error” de las matemáticas, pasando por la propia experiencia de mi inconsciente, al “saber no-todo”, mi lectura fue virando de los números al psicoanálisis.

Mi gusto por interrogar al texto, entendiendo que a veces no habrá respuestas, siguió intacto. 

El psicoanálisis se monta sobre un saber abierto -como la vida- y el texto se me presenta como un organismo vivo, que se transforma en cada lectura. Una vez leído y estudiado, lo abandono, lo suelto, lo dejo respirar y me distancio, porque estoy convencida de que, si tengo que volver a él ya no será de la misma manera, será otra lectura. Tiro mis resúmenes, los pierdo, o simplemente quedan olvidados en una carpeta que es un cambalache teórico. Claro que recuerdo la idea principal, pero el detalle que descubrí -en esa lectura, esa vez-, la perla que extraje para mí pierde algo de su brillo cuando la luz con la que lo ilumino ya no es la misma. 

Este leer por única vez cada vez, es algo que disfruto y me divierte. 

“Pienso así en las lecturas que me habitan y que habito. Todas ellas se hincan tanto en mi formación como analista, en mi posición como analista practicante y como analizante, así como en mi relación con la literatura y la escritura. Leo mucho y de distintos modos que no se disgregan unos de otros, sino que se entrelazan.”

Lectura Formal

 Otra lectura, inseparable de mi formación, es la que hago sobre mi clínica. Formalizar un caso, prepararlo para un control, es ya una lectura sobre el material que trae el analizante y que recorto de las sesiones. Esa lectura es también una pregunta y un intento de respuesta – siempre abierta- sobre mi práctica clínica y la contingencia inherente a ella. Lacan dice que “La clínica psicoanalítica debe consistir no sólo en interrogar al análisis, sino en interrogar a los analistas, de modo que éstos hagan saber lo que su práctica tiene de azarosa.”[2] Lacan, J., “Apertura de la sección clínica”, Ornicar? 3, 9, abril de 1977. Traducción: Irene Agoff. España.1981. p. 45.. Azar, real, agujero que se soporta vía el caso que, como toda construcción, es aquello que me permite hacer con lo ineludible. Esta lectura -que deviene escritura- es solitaria, sin embargo, no estoy sola en ella, o no siempre. Cuando leo que un tratamiento se estanca, o cuando fluye demasiado “bien” y sin preguntas, lo que me da indicio de un saber supuesto antes de ir al encuentro con el paciente, el deseo de controlar aparece. Contar con la otra lectura de un éxtimo, colocado en esa posición vía la transferencia, es una pieza clave para dilucidar los puntos opacos de esa lectura en la que estoy concernida como sujeto. Leo, construyo y soy leída en mi clínica para rectificar esa construcción de tal modo que me permita orientarme como analista practicante en “el decir del analizante, su transferencia, y el decir interpretativo del analista.”[3]Laurent, E. “El caso, del malestar a la mentira”. Revista Lacaniana de Psicoanálisis nº4. Año 4. Grama. Bs As. 2006. p. 10. Como dice Eric Laurent.

Esto sin perder de vista que no hay un Otro garante, portador del saber y que, en definitiva, como practicante del psicoanálisis asumo riesgos[4]Lacan, J. “Acto de fundación”, Nota adjunta, Otros escritos. Paidós. Bs. As. 2012. en la soledad de mi acto. Esa asunción intento que sea lo más ética posible ya que, como dice Miller, “No hay clínica sin ética”[5]Miller, J. A. “No hay clínica sin ética” en Matemas I, Manantial, Buenos Aires, 2006., sirviéndome para ello, además de mi propio análisis, de la formalización de los casos y el control.    

Leer en y lo singular 

 Analista y analizante son indisociables en lo que a la lectura respecta. Recordemos la preciosa indicación de Miller en su texto “Leer un síntoma”[6]Miller, J.-A., “Leer un síntoma”, Revista Lacaniana de Psicoanálisis, año VIII, N°12, 2012 cuando nos dice qué: “Bien decir y saber leer están del lado del analista, son propiedades del analista, pero en el curso de la experiencia se trata de que bien decir y saber leer se transfieran al analizante.”[7] Ibid. Cómo elijo, transferencia mediante, ser leída/escuchada marca el modo en el que intento leer/escuchar en mi práctica. 

La lectura también se ve afectada por las dos caras que anidan en el síntoma, verdad y real. 

En el análisis el inconsciente se nos revela como un texto a dilucidar, su estatuto es ético, tiene sus cimientos en el Sujeto supuesto saber. Del inconsciente transferencial emanan historias y otros seres de lenguaje que damos a leer porque suponemos ahí una respuesta al enigma que como sujetos portamos. Es la neurosis que insiste negando inútilmente la no relación sexual, y que cuenta hasta el hartazgo la novela más leída por el parlêtre. Esas significaciones se entregan al analista y es allí donde éste lee significantes huérfanos de sentido. El analista cuenta en su background con dos escuchas, como dice Miller en su seminario “El ser y el Uno”[8]Miller, J.-A., (2008-2009) El ser y el uno, inédito., la del sentido y la del fuera de sentido. La última es una lectura. 

El analizante habla, crea seres fugitivos, moldea un cúmulo de palabras con las leyes del lenguaje, palabras que podrían significar cualquier otra cosa. Es la lectura del analista la que las arranca de ese limbo cuando, manteniendo a distancia la palabra y el sentido, hace emerger un signo de goce inequívoco. Apuntando a la materialidad de la letra la hace valer como “litura” nos dice Miller, un residuo, una marca de la operación del lenguaje sobre la carne, índice del traumatismo. Esa lectura revela lo escrito, que es indealiectizable, indemne, un portador de un goce indomable.

En su Seminario 25 Lacan dice que “El analista, él, zanja (tranche). Lo que dice es corte, es decir participa de la escritura, en esto precisamente: que para él equivoca sobre la ortografía” (…) “el analizante dice más de lo quiere decir y el analista zanja al leer lo que es ahí de lo que quiere decir, si es que el analista sabe él mismo lo que quiere”[9]Lacan, Seminario 25 “Momento de Concluir”, 1975. Inédito .

“Lo que es ahí”, lo que es, “es eso”.

Como analizante consiento al supuesto-saber-leer-de-otro-modo[10]Ibid, para ser leída y aprehender (con h) una lectura otra. Leo sostenida desde mi deseo de analizante y desde mi deseo del analista.  

Capto la lectura en un terreno yermo, árido de fantasmas, en la angustia del borde de los abismos fugaces del encuentro con un significante que no significa. En los silencios densos, los cortes quirúrgicos, las jaculatorias, y en ciertas sorpresas que abandonan el cuerpo apenas el cuerpo suelta el dispositivo, pero que se plasman en un cuaderno. Eureka! 

Leo en el destiempo de una palabra, en una mirada impávida y descarada que la torna interpretación, en la presencia muda del analista y en los movimientos de su cuerpo.

Me leo leída en esas intervenciones que hieren el sentido y que señalan mis propias huellas de lectura, incorporo -en cuerpo- un saber pragmático que escapa al pensamiento, a la comprensión. Leo/soy leída en el cosquilleo de un cuerpo hablante que se incomoda, palpita, se ruboriza, se ahoga, ríe… 

Este vaivén de lecturas desmaleza las vueltas dichas y hacen brotar lo singular, lo inevitable, eso con lo que, al fin y al cabo, contamos para la vida. Es con eso con lo que intento leerme signo insípido de historia, vaciarme, para alojar las lecturas propias del analizante. 

 

Leer literatura

Soy durasiana en lo que a un libro respecta, -y aspiro serlo en otras cosas también-, ella dice “No sé qué es un libro. Nadie lo sabe. Pero cuando hay uno, lo sabemos.”[11] Duras, M., Escribir, Tusquets, Buenos Aires, 2010..

Este saber no está sujeto a una historia maravillosa, ni a un relato perfectamente escrito, me gustan los libros que respiran con un ritmo sincopado y transgresor. Si la trama es evidente, si el texto es demasiado largo y sobran frases, o si carga con un exceso de significación, se me vuelve pesado y me despido. Tengo muchos libros sin terminar. 

Me gusta que lo que está escrito me diga algo y que a la vez me habilite un espacio incierto donde desplegar mi propio pathos y elucubraciones. Que incite sensaciones en vez de explicarlas, que se lea también con el cuerpo. Que el afecto y el efecto que me provoca no sea tan claro, y que no me resulte fácil desligarme una vez que abandono sus letras. Que no pueda transmitirles a otros exactamente de qué se trata sin que el relato sea cándido, soso, injusto. Que, en resumidas cuentas, lo mejor que pueda decir es “léelo, de verdad, no te lo pierdas” con los ojos muy abiertos. Si tuviera que pensarlo en los términos de Barthes diría que elijo el goce del texto por sobre el placer. 

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