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Las Comunidades Afrodescendientes en la Construcción del País

Por Rodrigo Salinas

23 junio, 2024

Rodrigo Salinas nos cuenta sobre las políticas estatales de “invisibilización” y “blanqueamiento” de las comunidades afrodescendientes que habitaban en nuestro país llevadas adelante por la generación del 80.

“Del blanquimiento de la población dependía el éxito del proceso de homogeneización, es decir, la formación de la nacionalidad, porque ésta a su vez dependía de la “prosperidad”, que sólo se realizaría en la medida en que las “corrientes inmigratorias benéficas” acabasen por desplazar definitivamente a las razas de color (…)”[1]La frase fue extraída de una cita del sociólogo italo-argentino José Ingenieros (1877-1925), la cual se halla en el artículo de Mónica Quijada “De Perón a Alberdi: Selectividad étnica y … Continue reading.

La élite política y dirigente de 1880 consideraba que el doble proceso de “invisibilización” y “blanqueamiento” de las comunidades afrodescendientes que habitaban en nuestro país desde los tiempos de la colonia traería como resultado la constitución de una “raza argentina”, étnicamente superior a otras y perfectamente blanca, que hablaría la misma lengua, que compartiría las mismas lealtades cívicas, una memoria unificada y más cercana a las costumbres que imperaban del otro lado del Atlántico, abonando el presupuesto de que “los argentinos descendemos de los barcos”, buscando convencernos, según la Doctora en Ciencias Antropológicas, Claudia Briones, de que la “bondad sociológica” de nuestro pueblo tendría un basamento exclusivamente ultramarino[2]Briones, Claudia; “Mestizaje y blanqueamiento como coordenadas de aboriginalidad y Nación en Argentina”. Runa, Archivo para las Ciencias del Hombre Vol. XXIII, Mimeo, Buenos Aires, 2002, p 67.

Al mismo tiempo, y poniéndose a tono con estos dichos, la historiadora Mónica Quijada (1949-2012) ha denominado a este proceso como “la alquimia de la tierra”, es decir que, según la autora, la homogeneización poblacional en la Argentina habría sido un proceso asentado en el territorio, como condición básica de integración de elementos heterogéneos y su imposición por encima de otro tipo de articulación intergrupal[3]Quijada, Mónica; ídem, pp.179-217.. Según su visión, la construcción nacional aparece así vinculada a la idea de que el pueblo argentino estaba alcanzando un estadio evolutivo superior por obra del blanqueamiento progresivo de la población y, desde esta perspectiva, se  mantenía incólume la idea de Juan Bautista Alberdi (1810-1884) de que el fin providencial de la expansión inmigratoria era “el mejoramiento indefinido de la especie humana”.

“La élite política y dirigente de 1880 consideraba que el doble proceso de “invisibilización” y “blanqueamiento” de las comunidades afrodescendientes que habitaban en nuestro país desde los tiempos de la colonia traería como resultado la constitución de una “raza argentina”, étnicamente superior a otras y perfectamente blanca”

Fotografía de la estatua del “Negro Falucho” cuando se hallaba en la esquina de Florida y Charcas (hoy Marcelo T. de Alvear), a metros de la Plaza San Martín de Retiro, obra del escultor Lucio Correa Morales (1852-1923). 1905. Archivo General de la Nación (AGN).

EL PROCESO DE “INVISIBILIZACIÓN” DE LOS AFRODESCENDIENTES

La “Generación del ´80” construyó, durante la etapa de la consolidación del Estado Nacional, un doble discurso, una fórmula matemática trasladada al campo social a través de la cual se buscaba, por un lado, “invisibilizar” a los sectores sociales subalternos que habitaban en el centro de la ciudad de Buenos Aires (especialmente las comunidades afrodescendientes asentadas en el casco urbano), declarándolas extintas o reconociéndolas como un residuo del pasado ya sin peso y en vías de desaparición y, por otro lado, buscaban su “blanqueamiento, por influencia del torrente inmigratorio europeo abierto a fines del siglo XIX, con el fin de que se produjera en palabras del antropólogo británico Peter Wade “la eliminación de los negros y la creación de una sociedad mezclada cercana al extremo más distintivamente blanco del espectro (…)”[4]Wade, Peter; “Raza y etnicidad en América Latina”, Ediciones Abya-Yala, Quito, 2000, p.30.

En este sentido, podría argumentarse que el proceso de “invisibilización” se llevó a cabo a través de la puesta en práctica de dos concepciones concretas: por un lado, la concepción tradicional, presentada por el historiador estadounidense George Reid Andrews, a través de la cual este autor buscó justificar la desaparición gradual de las comunidades afrodescendientes a través del paso del tiempo, centrándose especialmente en el período colonial y republicano; y, por otro lado, la justificación cientificista de la Historia, abonada por los “Padres Fundadores” de la Nación argentina y retomada en los últimos años por la antropóloga Lea Geler en el tratamiento que la autora realizó sobre el impacto que dicha invisibilización tuvo sobre el imaginario colectivo argentino.

Según Geler, Alberdi fue uno de los primeros intelectuales en plantear la necesidad de alentar la inmigración europea para el “mejoramiento de las “masas populares”, fácilmente manipulables en el campo de batalla[5]Geler, Lea; “¡Pobres negros!”. Algunos apuntes sobre la desaparición de los negros argentinos”. En Estado, Nación y poder local en América Latina, siglos XIX-XX. García Jordan, p. (ed.), … Continue reading. El pensamiento de Alberdi coincidía en este aspecto con el de Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888). Para ambos autores, tanto los negros como los mulatos podían ser permeables a la “civilización” y llegar a ser considerados por la élite política como “ciudadanos argentinos”, debido a su participación en las guerras de milicias, de allí que el “padre de la escuela” permitiera que todo los sectores sociales porteños, sin distinción, pudieran participar de los corsos oficiales que tuvieron lugar en los barrios de Balvanera y Montserrat a partir de su ascenso a la Presidencia de la Nación en 1869.

Monumento a Falucho en su nueva ubicación en Plazoleta Falucho, entre las avenidas Luis María Campos, Santa Fe y la calle Arturo A. Dresco.

BARTOLOMÉ MITRE Y EL RELATO DEL “NEGRO FALUCHO”

Dicho planteo fue retomado en las décadas posteriores por los relatos míticos del General Bartolomé Mitre (1821-1906), a través de la construcción del relato del “héroe-mártir” de la figura de Antonio Ruiz- popularmente conocido bajo el sobrenombre de “Negro Falucho– quien murió en pos de la savalguarda de la Patria. “Faluchofue un soldado que luchó en el Ejército del Libertador José de San Martín. Esclavizado en su nacimiento (quizás nacido en África), sirvió en el Regimiento del Río de la Plata durante la Campaña del Ejército Libertador del Perú y murió durante la sublevación de la Fortaleza del Real Felipe en El Callao -Perú- el 6 de febrero de 1824. En este sentido, en el pensamiento mitrista, el héroe formaba parte del pasado. Este hecho sentará las bases para su futuro olvido, de allí la necesidad imperiosa del Estado por levantar un monumento en su homenaje, el cual fue inaugurado el 16 de mayo de 1897, a pocos metros de la Plaza San Martín ubicada en el barrio porteño de Retiro, obra del escultor Lucio Correa Morales (1852-1923), justo en el momento en que el gobierno nacional a cargo del Presidente José Evaristo Uriburu (1831-1914) arremetía con su política inmigratoria europea finisecular. Aquí resulta por demás interesante retomar las palabras del escritor Alejandro Solomianski, cuando este argumenta que el Estado argentino construyó un “discurso genocida a fines del siglo XIX en el cual las comunidades afrodescendientes pasaron a tener un rol pasivo en el marco de la construcción del relato histórico oficial, centrado especialmente en los compendios de Juan Bautista Alberdi (“Bases para la Organización Política de la Confederación Argentina”- 1852) y el historiador Vicente Fidel López (“Historia de la República Argentina. Su origen, su revolución y su desarrollo político hasta 1852”-1883), los cuales silenciaron el aporte africano en el proceso de construcción de la Nación, convirtiendo a las luchas y avatares seculares en un producto de criollos de estirpe europea.

EL “ENIGMA DE LA DESAPARICIÓN”

Con respecto a la visión tradicional, George Andrews[6]Andrews, George; “El enigma de la desaparición. Los afroargentinos de Buenos Aires”, De la Flor, Buenos Airess, 1989, pp. 9-16. denominó al proceso de invisibilización como el “enigma de la desaparición”. De acuerdo a su perspectiva, cuatro habrían sido los argumentos básicos utilizados por el Estado para justificar tal desaparición en el escenario argentino. La primera explicación fue la declinación del comercio de esclavos organizado por la corona española a fines del siglo XVIII. Según esta perspectiva, la abolición del tráfico por parte de la Asamblea del Año XIII marcó el fin de la importación de africanos en gran escala a la Región del Río de la Plata. Al faltar nuevas llegadas que compensaran las pérdidas, la comunidad negra fue condenada a la extinción gradual.

La segunda explicación fue la del mestizaje o mezcla racial. Enfrentadas a una escasez de hombres de su raza y deseosas de producir hijos de piel más clara con fines de movilidad social ascendente, las mujeres negras y mulatas se dirigieron a los hombres blancos como parejas. Dicho argumento combinó la casi eliminación de los varones negros con el flujo de varones inmigrantes europeos posterior a la década de 1850.

La tercera explicación fue conocida como el mito de la “carne de cañón”. Según ella, durante la “Guerra de la Triple Alianza” (1864-1870), miles de soldados perecieron debido a la propagación de múltiples enfermedades, lo que habría llevado a la merma de un importante número de descendientes africanos que formaban parte del cuadro militar del Ejército Argentino durante la contienda bélica.

La cuarta, y última explicación, se centró en las altas tasas de mortalidad que sufrieron los afrodescendientes. Ocupando los escalones más bajos de la escala social y económica, los negros de la ciudad no podían procurarse vivienda decente, alimento, vestimenta y asistencia médica, por lo tanto sucumbían en números mayores y a edad más temprana que los blancos. Se supone que ésta fue una condición crónica en toda la primera mitad del siglo XIX y alcanzó su punto cúlmine con la epidemia de fiebre amarilla en 1871, a la que con frecuencia se culpó de haber aplicado el “golpe de gracia” a la población de color. La epidemia, que duró tan sólo seis meses (de enero a junio de ese mismo año), dejó un saldo de 14.000 víctimas, lo que representaba aproximadamente un 8% de la totalidad de la población del área de la Capital Federal de aquella época, la cual se estimaba en 187.346 habitantes, según las cifras arrojadas por el Primer Censo Nacional de 1869. 

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Periódicos afroporteños. Montaje de Mara Capaccioni sobre fotos originales de la investigadora Lea Geler. En Revista “Todo es Historia”, Nº 553. Agosto de 2013.

Rosas arenga a los morenos -Óleo de 1841 en el que se observa a Juan Manuel de Rosas frente a un grupo de mujeres negras Al pie se lee «Las esclavas de Buenos Aires demuestran ser libres y gratas a su noble libertador.

LOS AFRODESCENDIENTES EN LOS CENSOS

Los censos de población del siglo XIX analizados por Andrews retrataron la progresiva declinación de los afroporteños, los que pasaron de ser el 30% de la totalidad de los habitantes del ámbito urbano, en 1810, a tan sólo el 1,8 %( unas 8.000 personas aproximadamente) en 1887[7]Censo Municipal de la ciudad de Buenos Aires de 1887.. Según este historiador, los efectos de la pandemia fueron sobredimensionados. Las estadísticas que examina el autor no muestran una mayor mortandad de individuos negros por aquella enfermedad. Para dar cuenta de la discordancia entre esta información y la censal, Andrews sugiere que, aun teniendo en cuenta el creciente aumento de población europea en la ciudad de Buenos Aires, los afroporteños fueron sobrepresentados en el censo de 1887. El historiador norteamericano sostiene que en esa época se hizo popular el empleo de la categoría “trigueño”, la cual denotaba a una persona de tez oscura, pero no necesariamente indicaba que tuviera ancestros africanos, como sí sucedía con las palabras “mulato” o “pardo”. Esta categoría permitía que los afrodescendientes de piel más clara fueran socialmente clasificados bajo este rótulo y que luego, en los censos, pudieran ser clasificados oficialmente como blancos. Este hecho marcaría el supuesto descenso de la población negra en la ciudad. Ahora bien, dicha hipótesis adolece, según su creador, de lógica y no puede ser documentada fehacientemente. No obstante, no se niega que no haya existido una merma demográfica, como consecuencia de la propagación de la epidemia, pero los enfoques teóricos más recientes han cuestionado la pretendida desaparición total de las comunidades afrodescendientes, poniendo en jaque el mito originario y dominante de la “Argentina blanca”.

LOS AFRODESCENDIENTES EN LA PRENSA ESCRITA Y LA LITERATURA

La sorprendente vitalidad que muestra la existencia de periódicos y otras asociaciones comunitarias de ascendencia africana[8]Al respecto, Lea Geler analiza la fundación de la “Sociedad de Fomento de la Educación”, en febrero de 1878, cuyo principal objetivo era fundar una escuela particular para los niños … Continue reading -particularmente en el periodo 1873-1882[9]Cirio, Norberto Pablo; “Tinta negra en el gris de ayer: Los afroporteños a través de sus periódicos entre 1873 y 1882”, Teseo, Buenos aires, 2009, p. 29. – desmiente cualquier noción de “desaparición” para la época. Al respecto, el Licenciado en Antropología Norberto Pablo Cirio ha estudiado muy bien en sus trabajos y con denodado detenimiento dichos periódicos. Según el autor, en 1864 se editó “La Igualdad”, que desapareció en algún momento de ese año para reaparecer en 1873, publicándose regularmente por un año. En enero de 1870 salió el primer y único número de “La Broma”, para reaparecer en 1876. En esa década aparecieron “El Artesano” (también titulado “El Tambor”), “El Aspirante”, “El Candombero”, “El Látigo” (que fue la continuación de “La Juventud”), “El Obrero”, “El Porvenir”,”El Unionista”, “La Aurora del Plata”, “La Protectora”, “La Razón” y “La Verdad”. Cada periódico tuvo una vida más o menos breve, a excepción de “La Broma”, que llegó a publicarse, al menos, hasta el 28 de diciembre de 1882.

Por su parte, la publicación de la novela histórica “Fiebre Negra”, escrita por el guionista Miguel Rosenzvit en el año 2008[10]Rosenzvit, Miguel; “Fiebre negra”, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2008., resulta por demás ilustrativa para emprender una revisión crítica de ciertos presupuestos historiográficos sobre los que se basó la construcción identitaria y el concepto de “negritud” en nuestro país. De este modo, en su producción literaria, dicho autor asume la idea de que el negro fue marginado del ámbito político, social y cultural, pero no así de la esfera económica, siendo partícipe activo del sistema productivo (constituyéndose en la base de la pirámide laboral, a la vez que su estrato inferior) que el capitalismo imponía, como consecuencia del ingreso de la Argentina a la División Internacional del Trabajo (DIT) y el consecuente desarrollo de un modelo agroexportador basado en la venta de materias primas hacia los mercados europeos.

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