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Penes y Penas – Parte 1

Por Ana Teitelbaum

9 julio, 2022

 

 

Una historia de las peripecias y vicisitudes en torno al pene más allá de su rol como aparato reproductor. De su valor religioso y el estigma social de la circuncisión, a su uso como amuleto y su destacado lugar en el arte antiguo. Ana Teitelbaum[1]Psicoanalista, egresada de la Universidad del Salvador (Bs. As.) Ex docente de psicología (UBA) Perito forense (victimología y criminología, Universidad de la República.-Uruguay) Artista y … Continue reading nos propone este recorrido. Les acercamos la primer parte.  

 

Aquello que el gran Rabelais llamó la “primera pieza del armamento de un guerrero”  y que –seguramente- junto con la contrapartida femenina, necesaria, pero cada vez menos, para asegurar la reproducción de la especie, debe contar con la mayor cantidad de nominaciones que la historia de las metáforas y eufemismos haya contabilizado. Se podrían identificar diferentes hitos en la historia del mundo, rastreando las ideas sobre el mismo y la relación que el hombre estableció con ellas. Reverenciado, temido, sacralizado, reprimido, exhibido, execrado  o medicalizado, ha sido y sigue siendo objeto de absoluto interés para la humanidad entera.

Para los hebreos, la circuncisión, practicada por otros muchos pueblos  y que posiblemente haya comenzado hace miles de años en el Valle del Nilo y copiada por pueblos vecinos, como culto de adoración al sol, representa un mandato divino,  La ofrenda del prepucio como forma de pactar la relación con Dios y su pueblo elegido  nos remite a un pene ofrendado a la divinidad.

 

“El pene, de esta forma se colocaba al servicio de Dios, a  diferencia de otras culturas antiguas que se valían de los penes de los dioses para ser adorados y colocados a su servicio. Y a diferencia de los penes de Enki (sumerio), Atum (egipcio), Siva y Buda (hindúes) el Dios judío no tenía pene (porque no tenía cuerpo).”

Los griegos, por el contrario detestaban la circuncisión y los judíos que vivían entre ellos, trataban de disimularla apelando a distintos artilugios. El trámite no era sencillo ya que los griegos se ejercitaban desnudos en el gimnasio (usando un instrumento llamado fíbula que tiraba el prepucio hacia adelante y lo sujetaba). En casos extremos recurrían a una técnica  quirúrgica llamada “epipasmos” (cubrir tirando). Cuando esta costumbre se generalizó entre los judíos helenizados los rabinos se radicalizaron y  exigieron que el glande fuera  descubierto totalmente, haciendo inútil el epipasmos. Posteriormente, durante el nazismo, muchos hombres  judíos desesperados se someterían a la operación.

Cuando reinó en Judea Antíoco Epífanes (que descendía de uno de los generales principales de Alejandro Magno) los encargados de circuncidar (mohels) eran lapidados o  arrojados a jaurías de perros salvajes. Según el libro de los Macabeos, las madres de los niños circuncidados eran agarrotadas y los niños asfixiados y colgados en cruces de madera como advertencia.

Durante el reinado de Adriano –de acuerdo a la Pesiqta de Rab Kahana-  los soldados cortaban los penes circuncidados y los tiraban al aire burlándose del dios judío.

 …el Dios judío no tenía pene porque no tenía cuerpo.

El pene, de esta forma se colocaba al servicio de Dios, a  diferencia de otras culturas antiguas que se valían de los penes de los dioses para ser adorados y colocados a su servicio. Y a diferencia de los penes de Enki (sumerio), Atum (egipcio), Siva y Buda (hindúes) el Dios judío no tenía pene (“porque no tenía cuerpo”).

Los ejemplos de la importancia otorgada a este órgano son innumerables y éste, espiritualizado por Dios, debía ser cuidado y funcionar completamente, ya que –según el Antiguo Testamento- quien tenga los testículos aplastados o el pene dañado será excluído de la Asamblea del Señor.  Tanto los rabinos para dirigir un templo, como luego los sacerdotes  católicos y el Papa serán “examinados” para ejercer su función.  El juramento más sagrado se hacía tocando los genitales (que en la Biblia es traducido con el eufemismo muslo) Jurar tocando el órgano “sagrado” es una cita reiterada en los relatos bíblicos y aún hoy reviste carácter de juramento, como se evidencia en el vocablo “testificar”.

Desde las miles de “Kuroi” (estatuas de jóvenes desnudos diseminadas por el mundo griego), las “Hermae” (columnas con la cabeza del dios Hermes con una erección en el medio) que se extendían por  tal mundo,  hasta los “Phaloi” que desfilaban en las ciudades con sus erecciones en honor de los dioses, la asociación entre el órgano y lo divino se nos hace obvia.

Platón localizó lo divino en los hombres en la médula espinal, formada (según indica en el Timeo) de la misma sustancia que el cerebro y el semen. Y esta divinidad tiene el impulso vital para chorrear, lo que explica la obstinación y desobediencia del  pene. Y  da lugar a  la pregunta eterna:   ¿el poseedor posee al pene o el pene posee al poseedor?

Así, el pene formaba parte de una idea, que en la concepción griega  era activa, fértil y masculina. La materia-en contraposición-  era pasiva, infértil y femenina. Esta idea investía la materia y la hacía poseedora de sentido. El pene, pues, también reviste carácter sagrado  y es reverenciado como atributo de poder, dentro  de un  sistema de jerarquías donde la desnudez  masculina es asociada con la potencia guerrera, Y la práctica de la pederastia debe entenderse, dentro de ese sistema como un rito de transición hacia la masculinidad, ya que era parte del aprendizaje de la hombría, antes de la iniciación en la batalla. 

Un gigantesco imperio  que necesitaba guerreros,  debía alentar la reproducción de los mismos, en una época donde la expectativa de vida promedio era de 25 años, y hallará  su símbolo máximo, en el órgano reproductivo masculino. Desde esta  perspectiva es fácil de comprender el horror al fantasma de la castración y como se encarnará.  “Verpa” era la palabra despectiva con que se aludía a verga y a judío, quedando asociados ambos a la idea de circunciso.

Sigue en la próxima…

 

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